Yo tenía un novio llamado John Smith o De la intolerancia del hombre culto

Posted on 11 abril, 2013

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por Lena García & Mathew Smith

Imagen de Anton Koberger, 1493

Yo tenía un novio llamado John Smith. Nos conocimos una tarde en un café, cuando los dos nos paramos a observar un cuadro curioso que colgaba en la pared. No sé qué me dijo, ni con qué sorna yo le contesté pero él me plantó un “Cásate conmigo”. Me sentí alagada, no voy a negarlo aunque me cueste. Él con su perfecta sonrisa me miraba fijamente y ese fue el principio de nuestra relación.

Al principio pasamos mucho tiempo a solas. Divagábamos y divagábamos durante horas en conversaciones que parecía que nunca tocaban fin. Me impresionaba todo lo que me contaba y cómo lo contaba. Y yo le impresionaba a él con mis contraargumentos y mi forma de expresarme. Hablábamos del amor y cuánto de componente social había en él; hablábamos de los hombres y de las mujeres y sobre si su forma de actuar era fruto de la biología o meras construcciones sociales; hablábamos del trabajo y de la diferente forma en que las personas se lo tomaban; hablábamos y hablábamos. Una noche, entre gintonics, él me dijo: Nena, tú a mí no me engañas, eres un diamante en bruto y el tío que te cace será un afortunado. No había conocido nunca a una mujer como tú. Todas son inteligentes pero tontas o listas pero feas. Y yo, al escuchar aquello, tendría que haberme enfadado (¿qué era aquello de “inteligente pero tontas o listas pero feas”?), sin embargo, fui más feliz que feliz.

Recuerdo una madrugada de junio en la que John me dijo, con su permanente y pícara sonrisa en la cara: me temo haber terminado con todos los temas habidos y por haber con los que debatir. Pero no era cierto, faltaban algunos que otros más. Uno de esos apareció y resultó que John y yo teníamos un punto de vista muy opuesto sobre él. Confieso que yo, harta, terminé contestándole mal y él estuvo un día sin hablarme. Después, hicimos las paces. A las pocas semanas, empezamos a abrirnos más y a salir con otra gente. A mí me parecía muy curioso ver cómo John se relacionaba con el resto porque, hasta el momento, tan sólo lo había tenido para mi propio deleite. Al principio me divertía su ironía y cinismo, siempre acompañado de una buena dosis de argumentación sobre aquello o esto. Me sentía profundamente orgullosa de él y lo miraba pletórica. Hasta que un día me di cuenta que su forma de dialogar seguía siempre la misma estructura: en sus palabras no había nada más que paternalismos para con el resto. Tras esa socarronería que muchos alababan y con la que hacía reír, se plantaba frente a todos desde una posición de superioridad que él mismo se había designado. Realmente era un tío muy listo y con mucho mundo, pero su arrogancia de saber qué era lo mejor para todo el mundo llegó a tintar tanto las sesiones con los demás, que más de una vez las tardes no terminaron bien. De forma sutil pero rozando muchas veces la burla, les decía a todos lo que tenían que hacer y pensar. Y no sólo eso, sino que las tardes que sí terminaban bien, igualmente se descifraba en sus palabras un desprecio hacia todos aquellos que estaban con nosotros que me ponía enferma.

Pronto eso mismo se trasladó a nuestra relación. Él comentaba con todos sus saberes sobre tal tema, el cual yo no veía de la misma forma y John no aguantaba mis contraargumentaciones. Muy a su nivel, yo no me callaba si esto él lo veía azul y yo lo veía rojo. Un día él me llamó “radical” y “que estaba cambiando”. Yo me sentí muy mal.

Llegó principios de noviembre y él me dejó. Su frase fue: el problema es que los dos somos dos genios. ¿No lo ves? Si tú fueses más tonta, o yo más imbécil, funcionaría pero… así… no. Con esa frase él no se dio cuenta que acababa de delatarse. Porque yo, aunque no me gustaba su paternalismo, nunca había dejado de admirar sus conocimientos, su humor, su perspicacia. Sin embargo él, que parecía que le interesasen las mujeres inteligentes, lo que nunca había confesado hasta aquel momento era que sí, que buscaba una mujer inteligente, pero siempre que su inteligencia pudiese ser moldeada a su imagen y semejanza, como costilla de Adán.

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Posted in: Amor, Neomachirulo