Ser putón o Del sustrato de la Virgen María en nuestra sexualidad y vida

Posted on 25 abril, 2013

3


por Lena García & Mathew Smith

Como somos fanses de Gran Hermano en nuestra función de interpretar y criticar desde la perspectiva de género los medios de comunicación, hemos descubierto una conversación entre dos concursantes, Argi y Carlos, que fue más o menos así:

Carlos se vanagloriaba de haberse acostado con muchas chicas en Benidorm porque eran todas muy “guarritas”. A lo que indicó que a los chicos no les importa que sean llamados “guarros”, en el sentido de que se acuestan con unas y con otras, mientras que a las chicas les ofende mucho. Entonces, Argi, que estaba escuchando la conversación, no pudo aguantarse el contestar que ello era debido a que los chicos tenían asumido que las chicas promiscuas no eran buenas para casarse y que las chicas, sin embargo, “aceptaban” ese hecho en los chicos.

Esto nos hizo recordar el eterno barómetro que existe a la hora de juzgar la sexualidad de mujeres y hombres. Ya se ha dicho muchas veces que el hombre que se acuesta con muchas o varias mujeres normalmente queda como todo un héroe, mientras que la mujer que mantiene relaciones sexuales con muchos o varios hombres no es más que una “puta”, “zorra” o “guarra”.

Pero con esta conversación se va mucho más allá. Se está poniendo sobre la mesa una cuestión que muchas veces pasa por desapercibida: la asunción de ese dogma por parte de las propias mujeres, no tan sólo a la hora de relacionarse sexualmente, sino a la hora de elegir pareja.

De esta forma, la mujer no tan sólo asume como impropio el hecho de poder acostarse con uno y con otro con total libertad, sino que entiende que si su novio lo ha hecho con anterioridad sí es algo aceptable -ella misma está usando un doble rasero en su propia vida-. O aquellas mujeres que critican la promiscuidad de otras mujeres pero asumen que su novio, antes de estar con ellas -se entiende-, hayan podido estar con varias mujeres.

Los hombres, a su vez, pueden aceptar la promiscuidad de las mujeres y les puede parecer genial que sus amigas, solteras, se acuesten hoy con uno y mañana con otro, pero OJO, a la hora de elegir novia este patrón continúa en su mente y nunca elegirían a una de estas chicas como pareja ni aún menos como madre de sus hijos.

Porque esa es otra. Quizás como pareja eventual sí, pero plantándola como madre de sus hijos no. Ni de coña. La sexualidad en las mujeres aún continúa viéndose como un tabú, qué decir de la sexualidad con libertad. El rol de la madre aún está ligado a la imagen de la madre más conocida por todo el mundo: la virgen María.

Las madres asumen responsabilidades y parece ser que la responsabilidad no va cogida de la mano con la sexualidad. Nos preguntamos por qué y enseguida nos viene a la mente una respuesta muy fácil: la sexualidad ofrece a la mujer placer, lo cual no casa con la visión de madre obstinada, sacrificada por su familia y casi neurótica con sus quehaceres domésticos.

Todo esto, en suma, no es más que violencia sobre la mujer.

No se la deja desarrollar en todo su ser, donde, evidentemente, se incluye su sexualidad.

Por ello se agradecen trabajos como el siguiente, de Alex Chousa donde, sin dejar de relacionar a la mujer con el ámbito doméstico -utilizando adrede una estética propia de los años 60- se introduce elementos sexuales entre las tareas cotidianas de éstas:

THE PERFECT HOUSEWIFE – Alex Chousa

Esto nos recuerda a algo que nos contó un amigo nuestro -muy a nuestro pesar, pues descubrimos que ejercía este tipo de violencia sobre su novia- hace unos meses. Nuestro amigo, a quien llamaremos Juan, buscaba piso para compartir. Así pues, encontró una habitación que se alquilaba en casa de una chica, a la que llamaremos María. María tuvo un novio hacía ya bastante tiempo pero desde que aquella relación se rompió, disfrutaba de su sexualidad abiertamente. En otras palabras, se acostaba con quien quería cuando quería. Esto Juan lo sabía perfectamente porque al compartir piso con ella veía cuando entraba alguien. Hasta que llegó un momento en que, tanto él como ella, se fijaron en la otra y en el otro. Es decir, se enamoraron y empezaron a salir juntos. Se hicieron novios.

En este punto Juan nos contó que había tenido muchas dudas en empezar una relación con María porque “había sido muy guarra” pero que “le había dado un voto de confianza”. Eso sí, él no había dudado en ningún momento en dejárselo claro a María diciéndole que esperaba que no le defraudara, que él sabía que había sido “muy putilla” pero que ahora tenía que, si realmente quería, hacer un borrón y empezar una nueva vida con él. Según nos contó Juan (todo esto nos lo contaba para contextualizarnos su “problema” que posteriormente explicaremos), María le había prometido que le quería con todo su corazón y que nunca más volvería a ser “de aquella manera”.

Pero la felicidad de Juan y María pronto se entroncó. Y resultó que fue por el plano sexual. Resulta que María, durante su soltería, no solamente disfrutada acostándose con varios hombres con quienes no tenía ningún tipo de compromiso, sino que, además, durante esas relaciones sexuales, llevaba a cabo los actos que le apetecía: sexo oral -pasiva y activamente-, diferentes posturas durante la penetración, sexo anal, etc. Después del machaque de Juan acerca de que no podía volver a ser “una putilla”, ella tradujo esas palabras en, no solamente prescindir de ponerse ciertas faldas o camisetas que su novio consideraba inapropiadas, sino que decidió eliminar de su vida sexual ciertos actos que relacionaba más directamente con “ser una putilla”, por ejemplo, el sexo anal u oral, lo cual no llevó muy bien Juan…

Y en el siguiente punto es en el que se encontraba Juan cuando nos contó todo esto. Resulta que Juan, un día, se encontró con un amigo suyo de hacía tiempo. Al enseñarle una foto de María, su amigo empezó a reír y dijo que “la conocía muy bien”. Así pues, su amigo se había acostado con María hacía un par de años, cuando ella todavía era soltera. Juan no se lo podía creer y empezó a hacerle un interrogatorio a su amigo. Su amigo, aunque decía que se sentía un poco incómodo, lo cierto es que no tuvo problemas en decirle que aquella noche se lo había pasado genial porque la chica era “muy ligerita” y que habían mantenido desde el sexo más convencional hasta sexo oral y anal. Juan entró en cólera, ya no tanto por celos, sino porque no le daba la gana que su amigo hubiese tenido sexo anal con María y él no.

Juan se lo reprochó todo a María. María le contestó que no quería volver a mantener ese tipo de relaciones sexuales porque “eran de guarra” y “no quería volver a aquella vida” y ahora Juan se encontraba tomando unas cervezas con nosotros dos, contándonos aquello, apesadumbrado porque “mi novia ha sido una guarra con todo el mundo, menos conmigo”.

Esto es sólo un resumen de la historia, por el camino nos hemos dejado cosas como que Juan prohibió a María hablar y/o tener amistad con aquellos hombres con quienes se había acostado.

No sé a vosotros, pero a nosotros nos dejo k.o. todo esto. La naturalidad con la que él nos lo contaba todo, como si fuese lógico y racional su actitud con ella. Juan en ningún momento se planteó ni por un sólo instante la violencia que había ejercido sobre María acerca de cuestionar su sexualidad. Para empezar, ya con sus dudas sobre mantener una relación sentimental con ella, como si una persona (mujer) que disfrutase de su cuerpo y del sexo durante su etapa de soltera fuese incompatible con la capacidad de comprometerse con alguien o incluso con la capacidad de amar. Pero parece ser que no tuvo suficiente con desconfiar de ella, dado que por mucho que él dijese que le dio un voto de confianza, no dudó en martirizarla tachándola de insana, de guarra y de puta, al mismo tiempo que no titubeó a la hora de presentarse como un santo celestial dispuesto a mostrarle el buen camino. No se estaba dando cuenta que lo único que estaba castrando era el disfrute del sexo por parte de María y que, como pareja que de él era, encima eso iba a mermar su sexualidad como pareja.

Afortunadamente no nos encontramos en unas de esas situaciones en las que los hombres incluso fuerzan físicamente a las mujeres a llevar a cabo esto o lo otro, pero no es menos horrible para una persona que te martilleen psicológicamente: ¿acaso Juan se había parado a pensar cómo podía afectar al desarrollo de ella que le censurase hasta machacarla una conducta que ahora, sin embargo, exigía? Una conducta que seguramente ella también deseaba pero que había impuesto como tabú.

El ejemplo de Juan no es más que un ejemplo del machismo imperante en la sexualidad. En la psique de la mujer no queda más que una tremenda confusión: ¿soy una guarra si disfruto del sexo? ¿o tan sólo lo soy si lo disfruto con alguien con quien no comparto una estabilidad como pareja? ¿y si esa pareja estable se rompe y pasa a ser otra? ¿soy una zorra por haber disfrutado con la anterior?

Una confusión que no deja a las mujeres desarrollarse en todo su ser y que transmite a los hombres la realidad viciada de no solamente ser amos y señores de la sexualidad de la persona con quien comparten su vida sino que, además, esa persona, para ser buena madre, tiene que ser como la Virgen María, aún deseando practicarle sexo anal con todas sus ganas.

Anuncios