¿Qué tienen en común la marca Desigual y Miley Cyrus? La (pre)precuela

Posted on 28 octubre, 2013

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por CarrieCandice

Esta semana tuve el privilegio de asistir a una tertulia donde la propia autora y filósofa Nieves Muñoz Muñoz estuvo comentando su obra LOS ECOS DEL BANQUETE NO ESCRITO.

En esa charla, se leyó un relato que explicó una de las mujeres de su libro, Lastenea, al resto de mujeres. Este relato tiene mucho que ver con el falso empoderamiento que se ve en el anuncio de Desigual y de Miley Cyrus. Así lo dije en aquel momento, entrando en una conversación interesantísima acerca de la cosificación de la mujer y sobre si hoy en día hemos alcanzado la posición de sujetos o si, en muchos campos, continuamos siendo meros objetos.

Por ello, he creído interesante copiar a continuación este relato:

Lastenea cuenta una historia que llegó hasta sus oídos

(…)

“Dicen que hace muchos años, tantos como ningún hombre pueda recordar ni la imaginación suponer, existió un pueblo situado en los confines del mundo y en un tiempo más allá del orden establecido por los dioses -cuando Cronos, hijo de Urano, comenzaba a reinar sobre los acontecimientos del mundo-, que estaba habitado por gentes sencillas, que vivían en un mundo apacible y se complacían con todo aquello que la naturaleza les brindaba. Su quehacer cotidiano estaba lejos de lo que ahora es un caminar sin rumbo, porque sabían lo que deseaban y cómo conseguir los frutos de su trabajo, cosa que les satisfacía y les proporcionaba una vida placentera. No tenían noticia de otros lugares ni de otros pueblos, con los que, incluso habitando cerca, no tenían ninguna relación; formaban como un islote a salvo de tumultos o posibles enfrentamientos. Los hombres y las mujeres compartían todos los trabajos, repartían sus tareas y en su tiempo de ocio se deleitaban representando de múltiples formas su vida cotidiana. Al contrario de lo que se pudiera suponer por la sencillez de sus vidas, eran un pueblo culto porque les gustaba hablar y, sobre todo, su máxima distracción consistía en inventar palabras nuevas, a las que iban dando significado a medida que adquirían forma en una especia bello lenguaje jeroglífico  Componían exquisitos poemas, cantaban a la Tierra y alababan el amor que sentían los unos por los otros, y este se hacía mayor cuando lo plasmaban en sus hermosas composiciones. Su vida se enriquecía a medida que se iba enriqueciendo su mundo de nuevas palabras: estas les hacían sentir emociones que ellos antes desconocían y pensar ideas que nunca se les habían ocurrido, y hacer de distinta manera a como habían hecho anteriormente. El oficio de inventores de palabras terminó por convertirse en el arte más preciado en la vida de ese pueblo y, así, su saber iba aumentando su disfrute por todo aquello que les rodeaba.

La primera palabra que reconocían era amor  y sus significados eran tan variados como los sentimientos que botaban dentro de ellos, hombres o mujeres: la atracción de unos hacia otros era sentida y vivida con pasión, con ternura o con delicadeza, y seducción, risa, y también amistad, eran palabras que iban adquiriendo su significado derivado de los múltiples sentimientos que generaba el amor. Como un duendecillo que toca el corazón, comenzaron a imaginarlo libre, sin límites, de tantas maneras penetraba en las almas de aquellas sencillas gentes. A través de él, eran capaces de intercambiar sensaciones naturales que, al ser pensadas y relatadas, se convertían en hermosos sentimientos que arraigaban en su interior, y hacía la relación entre unos y otros tan delicada como la que poseían con la naturaleza, cuando esta explotaba en toda su belleza. Así, transcurría su existencia, se podía decir que feliz, en ocasiones desgraciada cuando era abrumada por pasiones que les perturbaban en exceso, pero siempre sintiendo con fuerza sus actos. Estos adquirirían la plenitud de lo que no vive tan sólo en el alma individual, sino que termina por hacerse patrimonio de todos al convertirse en un bien compartido.

Un día apareció un hombre de otras tierras, situadas al norte, que se hacía llamar Agón, y todos los habitantes del pueblo quedaron asombrados por el extraño saber del que era portador. Al principio, lo escucharon atentamente sin entender su lenguaje, era nuevo y sus ideas nunca habían sido pensadas por ellos; pero pasado el tiempo y a fuerza de oírle sin descanso, fueron captando y posteriormente escribiendo los mensajes que el recién llegado les legaba. Les habló de las guerras de su pueblo con los vecinos en sus continuas incursiones por hacerse con los territorios de los otros, les habló de riqueza y pobreza, les contó cómo era necesario para que los pueblos avanzaran que unos hombres trabajaran para otros porque, de no ser así, las riquezas no podían mantenerse. Estas debían estar protegidas por muy pocos para que no perdieran y hacer más grandes a los pueblos: “Así progresaban, luchando por sus tierras”, les contó. También se hacía necesario, en muchas ocasiones, raptar a las mujeres, bien porque los vencedores las deseaban y saciaban así sus apetitos, o porque eran objeto de rencores o venganzas entre los hombres más poderosos. No sabían leer ni escribir pero se enriquecían luchando unos con otros por los tesoros que poseían y que se arrebatan sin piedad.

A las gentes de este tranquilo pueblo les parecía todo muy extraño. Al principio escuchaban sin entender, era un lenguaje que desconocían y, por tanto, no representaba nada para ellos, tampoco tenían bastantes signos para expresar todo el contenido que les era comunicado. Pero a medida que pasaban los días y debido a la aguda inteligencia que poseían, parte del saber del que era portador Agón era trascrito e iba tomando forma poco a poco en su mundo de palabras. Les parecía fascinante dar significado a tantas palabras nuevas, al mismo tiempo que les resultaba extremadamente difícil entender bien el mensaje del visitante.

Y ocurrió que, un día, Agón quedó prendado de la belleza de una joven mujer y la tracción que sintió por ella fue aumentando cada día que pasaba. Convirtió a su amada en objeto no de amor sino de adoración. Entraba en éxtasis cuando la contemplaba y cuando le llegaban los sonidos de su dulce voz. Su adoración abarcaba todo su ser, amaba no sólo su gran belleza física, amaba toda la expresión que saliera de su cuerpo, fuera su voz, la fuerza de su mirada o la sonoridad de su risa. Un día se lo comunicó a ella y a las gentes de su pueblo. Estos, según era su costumbre, trataron de reflejar en el lenguaje el modo de darse ese sentimiento en el hombre extranjero: “Adoro a esa mujer -les decía- porque es una diosa”.

“Adorar”, “ser una diosa”, ¿qué querrá decir con esas palabras? -se preguntaban todos inquietos. 

Agón se apresuró, con sus actos, a descifrar la frase que ellos no entendían: “¡Adorar a una diosa!”.

Como no encontró palabras -ni por comparación ni por negación- que le sirvieran para explicarles lo que significaba ser una diosa y adorarla, les pidió que lo observaran y aprenderían el sentido de dichos palabras y también muchas más cosas que ellos no podían siquiera imaginar.

Pidió a estas sencillas gentes que fueran a buscar los materiales más preciados que encontrarían en otros pueblos y le construyeran, a la mujer amada por él, el más hermoso palacio que jamás habitara ningún ser humano. Debería brillar como los rayos del Sol, el material que haría posible esa maravilla se llamaba oro,  y les dijo cómo encontrarlo y que sus colores y formas empequeñecerían a la más bella expresión de la naturaleza, porque una diosa debía vivir en un mundo superior al resto de los mortales. 

Así lo hicieron y, construido el palacio con una gran celeridad y después de dar su aprobación, Agón se trasladó a vivir allí con su amada, la convirtió en su esposa y la rodeó de hermosas túnicas y joyas que se hizo traer de aquellos lugares que habían inventado la riqueza. Todos los tranquilos habitantes del pueblo estaban maravillados con la belleza de su obra y con la mujer que reinaba en aquel hermoso recinto, y del mismo modo que habían trabajado sin descanso para fabricar el gran palacio, siguieron trabajando, ya no para sobrevivir ellos, sino para aumentar la riqueza de aquella mujer a la que se rendían extasiados al contemplarla. Ella ya no era la muchacha que todos habían conocido; ahora, reinaba en aquel lugar como algo nuevo y extraordinario. Su esposo les hacía colocarse en orden para que todos pudieran admirarla y depositaran los cada vez más costosos regalos de que eran portadores. Tal fue su entusiasmo que terminaron por alejarse cada vez más del pueblo para encontrar los mejores presentes, se peleaban con las gentes de otros lugares y entre ellos cuando consideraban mejores los regalos ajenos. Era curioso observar de qué forma tan extraña la admiraban, nunca habían tenido un sentimiento parecido: qué mujer tan perfecta -se decían-, no es como las otras, y caían presos de un arrobamiento que todavía no podían descifrar. Pasó el tiempo, la mujer tuvo un hijo que su padre se encargó de educar para que siguiera vigilando las riquezas que se acumulaban sin cesar. Lo convertiría en un hombre valeroso, fuerte y viril para que supiera defender el tesoro de la madre y poner orden entre los hombres que, cada vez más numerosos, se necesitaban para salvaguardar todas las riquezas de la rapiña que comenzaba a surgir entre las gentes de otros pueblos que ser acercaban al palacio.

Y todos siguieron envolviéndola en riquezas aunque para ello llegaran a poner en peligro sus vidas y se olvidaran de sus familias.

Pero un día la mujer pereció aprisionada por la cantidad de oro con que fue rodeada y, en lugar de aquella hermosa mujer, comenzó a resplandecer como el mismísimo Sol una maravillosa estatua de oro con formas femeninas. Entonces sí, todos quedaron deslumbrados. Es una diosa -se dijeron-, y en se momento cayeron fulminados a sus pies y la adoraron. Ahora ya se había convertido en un ser inmortal.

Las nuevas palabras, que ya tenían significado para ellos, iban a cambiar las costumbres y la vida de aquel pueblo. El visitante, dueño ahora del lugar que en otro tiempo perteneció a gentes sencillas, hizo llamar a las mujeres para que su hijo eligiera a las más jóvenes y hermosas; porque el hijo ya no era hijo de una mujer, era hijo de una diosa que en su resplandor ya no desaparecería, y él mismo era, si no un dios, sí al menos una especie de sumo sacerdote, guardián del tesoro de la diosa y capaz de disponer de cuantas vidas deseara en nombre de su parentesco inmortal. Las mujeres acudían entusiasmadas, peleándose en ocasiones, porque todas querían convertirse en estatuas de oro, en diosas y sólo lo conseguirían siendo las más hermosas. Él las hacía desfilar, primero para que el hijo pudiera elegir, después para él mismo -necesitado siempre de placeres sensuales desde que su esposa se convirtió en intocable- y, por último, para saciar el apetito de los valerosos hombres formados para defender el palacio y que habían tenido que abandonar a sus familias para salvaguardar el tesoro de la diosa. También los jóvenes estaban siendo educados con unos valores nuevos, tendrían que ser diestros en la lucha, ya que cada día que pasaba los ataques de los pueblos vecinos eran mayores y había que defenderse con valentía. Acudían gentes de otros pueblos, bien para apoderarse de sus riquezas, bien para aprender el nuevo saber, y regresaban a sus casas e inventaban nuevas diosas o dioses, y se aseguraban nuevas riquezas y mayor poder. De esta manera nacerían tantos dioses y diosas como nuevas necesidades iban teniendo los pueblos, y estos progresarían, ya que las riquezas acumuladas, como había pronosticado Agón, estarían bien protegidas por aquellos hombres que las salvaguardaban, ahora, en nombre de sus cada vez más numerosos seres inmortales.

Todo había cambiado en el pueblo menos una cosa: siguió habiendo gentes dedicadas todavía a transcribir toda la variedad de palabras que les deparaba su nueva situación. Había aumentado sin cesar su lenguaje, y esos nuevos significados que estaban cambiando sus formas de vida los podrían transmitir a sus descendientes para que ellos vivieran de otra manera en ese nuevo mundo formado con la riqueza de lo aprendido.

Así fue como el amor pereció sepultado por el oro en aquel pueblo y empezó a vivir la adoración; esta había usurpado el primer puesto al amor en su mundo de palabras, como aquella estatua de oro sustituyó a la mujer a la que debía su origen. Languideció el amor bajo la sombra de la adoración porque los hombres y las mujeres no se pueden adorar, sólo amar, y ahora estaban, por encima de todo, los seres dorados, los dioses, objeto de la idolatría y de todo aquello de lo que ellos eran portadores. Como la estatua de oro, usurpando su lugar a la verdadera mujer, también se olvidará a la Tierra que da vida, y los hombres se enterrarán bajo las ilusiones de sus propias creaciones.”

Y esta es la historia de la muerte del amor que me contó Antístenes, y de la desaparición junto con él de los sentimientos naturales que inundaban de belleza la vida de los habitantes de aquel pueblo. Desde entonces -me dijo-, la Tierra sería habitada por hombres que harían creer a los otros que sus existencias ya no dependían de ellos sino de unos seres dorados a los que deberían alabar y por los que habría que luchar. Los sentimientos humanos irían desapareciendo para dar paso a aquellas órdenes que los guardianes de los dioses enviarían a los hombres y a las mujeres, y se fue extendiendo esa buena nueva sobre el destino de la vida de todos depositando en manos ajenas: vivir para adorar, no para amar. La humanidad, convertida en un inmenso rebaño como si hubiera obrado sus encantos la maga Circe, se olvidó de sus poderes y ya por siempre obedeció, temerosa, a los gritos desproporcionados de unas pocas bocas portadoras de extraños y nuevos significados. Aquí al lado se está hablando del nacimiento de Eros y a mí me llegó la historia de su desaparición en el momento en que nacieron los objetos de adoración, controlados a su antojo por el gran poder de algunos hombres -terminó diciendo Lastenea.

LOS ECOS DEL BANQUETE NO ESCRITO, de Nieves Muñoz Muñoz.

Quien cuenta esta historia, Lastenea, habla de la aparición de las y los dioses pero, sin duda, se puede hacer un paralelismo con las actuales diosas de la cultura popular.

¿No es Miley Cyrus una mujer producto del gran poder de algunos hombres? Su estatua de oro. Una estatua de oro que nació de una mujer (o niña… o chica…) corriente y que usa la hipersexualización para convertirse justamente en estatua, en diosa. Una diosa que será adorada por todo el mundo: los hombres la tendrán como mujer a desear y las mujeres anhelarán ser como ella. Con ello la hipersexualización se normalizará pero, en una sociedad que aún no ha superado las etiquetas de “puta” y de “zorra”: ¿hasta qué punto estas mujeres serán aceptadas?

Bien es cierto que el texto habla de la aparición de dioses y diosas. Y, efectivamente, hoy en día también hay dioses en la cultura popular. Sin embargo, entre dioses y diosas hay una diferenciación clave: ellos no nacieron ligados al concepto de belleza.

No obstante, también es verdad que los hombres han evolucionado hacia esta unión. Al capitalismo le sale rentable relacionarlos a ellos también con la belleza (surgiendo, así, los llamados metrosexuales, producto también de este sistema), pero con las mujeres se continúa yendo un paso más allá hipersexualizándolas. En definitiva, los hombres se metrosexualizan y las mujeres de hipersexualizan. 

Los hombres podrán, en algún momento, ser también hipersexualizados y convertirse en objetos sexuales. Aún así, esa cosificación distará de la de las mujeres en el hecho de que en su cosificación habrá obrado su propia voluntad (recordemos que el sistema capitalista y patriarcal sexista está en manos de hombres. De unos pocos, pero de hombres). Los hombres serán libres de convertirse en objetos sexuales pero ¿hasta qué punto se les puede entender a las mujeres esa voluntad de cosificación si parece que sea obligatorio quitarse la ropa para alcanzar el éxito?¹

Con todo ello, y como bien dice el relato, la adoración sustituye el amor y, con esto, aparecen estas dudas: ¿realmente estar o ser hipersexualizada lleva a un aumento de la autoestima de las mujeres? ¿Es casualidad que la mujer que se convirtió en estatua de oro, ni tan siquiera sepamos su nombre? ¿Realmente las chicas que adoptan un comportamiento hipersexualizado se sienten bien con ellas mismas? Ya no hablamos de si se sienten bien hipersexualizándose, sino anteriormente a ese paso: ¿se sentían bien con ellas mismas? ¿En algún momento les crearon la necesidad de hipersexualizarse como Agón hizo con su esposa?

Lastanea, a través de un maravilloso libro escrito por Nieves Muñoz Muñoz, nos desvela unos acontecimientos acaecidos allá por el año 416 a. de C en Atenas, pero que parecen reflejos de nuestros días más actuales.

¿Tan poco hemos evolucionado?

¿La estatua de oro?

No, Rihana en una escena del vídeo de ‘Pour it up’. / CORDON PRESS

¹ “De las 8 que pueblan la lista de la revista Forbes de los 25 nombres más poderosos del pop en 2012, 7 han aparecido desnudas en un videoclip. De los 17 hombres restantes, solo uno se había quitado la ropa: Justin Bieber”. El País, recogido por Palomitas en los ojos.

Segunda parte del artículo aquí.

Primera parte del artículo aquí.

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Posted in: Sexualidad