La serie Velvet como ejemplo del falso empoderamiento más rancio de la mujer actual

Posted on 10 marzo, 2014

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por CarrieCandice

Ya en un artículo anterior estuvimos comentando el rol de la mujer protagonista en la serie Velvet, serie que apenas va por el cuatro capítulo (se emitirá hoy) y que, ya en estos primeros momentos, ha perfilado los peores roles que se le puedan asignar a una mujer, que encima acomete de protagonista.

En el artículo anterior comentamos como Ana, que así se llama la prota, está construida a través de la mayor de las abnegaciones, no solamente aceptando su destino supeditado al sacrificio, sino que ella misma propicia la situación animando a su pareja a casarse con otra persona mientras ella mira resignada. Todo ello debido a un supuesto bien de la colectividad al cual ella está unida por una manipulada percepción de falsa responsabilidad y culpabilidad.

En otras palabras: a estas alturas podemos decir que Ana es la reencarnación de la Virgen María contemporánea.

Pero hay un elemento en la Virgen María que no podría encajar, nunca, en una serie ambientada en los años 50 pero emitida en el siglo XXI: la castidad.

Así pues, la serie, producida por Bambú Producciones, dota a la protagonista de un refuerzo sexual en un intento de mostrarla como mujer moderna, decidida donde las haya. Ana pierde la virginidad en el tercer capítulo en un intento de enseñarnos una mujer que decide sobre su futuro y que nada tiene que ver con las resignadas. Sin embargo, esa pérdida de la virginidad se da en un contexto en que ella se lanza a los brazos de su príncipe azul diciéndole que no le importa que se case con otra porque el amor que siente por él es supremo y que aún menos le causa pesar tener que ser su querida (porque ella recordemos que lo que quiere es casarse con él) hasta el final de los días, renunciando a todos sus sueños para estar, simple y llanamente, a su lado. O, más bien, detrás de él, dado su condición de amante escondida de lo público y oficial.

Nos encontramos, nuevamente, con la creación de un falso empoderamiento de la mujer. No importa si estamos creando una mujer que renuncie a absolutamente a todos sus sueños (recordemos como en el primer capítulo ella soñaba con mudarse a una ciudad como París y convertirse en una gran diseñadora) para estar con el “amor de su vida” porque con el simple hecho de mostrarla sexualmente activa, basta.

Pero no solamente eso, la serie va mucho más allá. Ese “estar con el amor de su vida” se construye supeditándolo a conformarse con un segundo plano, visitándolo a escondidas como amante, sin ser digna ni tan siquiera de posicionarse a su nivel. Y, para rematarlo, esas circunstancias se las ha pedido -casi rezado e implorado- ella a él, suplicándole que se case con otra mujer “porque el mundo es así y yo he venido a sacrificarme”. ¿Puede haber algo más retrógrado?

Eso sí, todo queda difuminado con la decisión de ella de mantener, por propia voluntad, relaciones sexuales con el hombre. Una vez más, se confunde sexo con empoderamiento de la mujer.

Y es que, obviamente una mujer que decide libremente qué hacer con su sexualidad está ejerciendo su poder y se trata de una mujer empoderada. Pero cuando esa mujer está supeditada a ejercer como abnegada y resignada, esa aparente libre sexualidad se convierte en un falso empoderamiento.

Para más inri, en el último capítulo emitido donde ella acepta ser la amante resignada, cuando él le pregunta cuáles son sus sueños, ella ya se ha olvidado de emprender como diseñadora y contesta con un “me gustaría poder vivir juntos en un piso grande y decirte: Alberto, apaga la luz que los niños tienen que dormir“. Los sueños de esta falsa mujer empoderada no solamente se han limitado a casarse y parir, sino que, además, se muestra una mujer sumamente inocente, casi tonta: ¿cómo va a poder llevar a cabo ese sueño -misógino donde los haya- si ella misma elige ser simplemente amante?

Cuando el público ve esa escena, tan sólo le puede venir a la mente “Pobrecita, qué ingenua, nunca va a poder tener eso porque él se va a casar con otra. Qué mundo tan injusto”. Se incide, por tanto, en la construcción más tradicional de la mujer supeditándola a la noción de inocencia. La mujer es transmitida como una niña, una menor, una infante, una incapaz. No nos puede extrañar cómo, en el día a día, nos encontremos prácticas como la depilación total del pubis como algo normalizado si, frente a un aparente empoderamiento de la mujer, no hay nada más que una continuación de su proyección como una infante de 3 años.

Así pues, esta Virgen María contemporánea es mucho peor que la Virgen María de la Biblia. Con la segunda el público puede recibir de forma explícita el no empoderamiento de la susodicha supeditada de forma clara a la abnegación, pero con ésta contemporánea, bajo un falso empoderamiento se difunden los roles más rancios y misóginos de la historia. 

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